Opiniones

Autorretrato: Conversando con la noche y con el viento

Por: Juan Carlos Yáñez Velazco (@soyyanez)

Por: Juan Carlos Yáñez Velazco (@soyyanez)

Nunca fui el más intrépido de la calle donde viví los años mozos. Tampoco el más valiente o amistoso; no era el más alto o fuerte; menos, el simpático o guapo. En fin, no quiero desgranar virtudes ni exhibirme lo que, además, a nadie importará. Seguramente por ese tipo de razones la primera novia llegó tardecito a mi vida y se fue a la mañana siguiente sin permitirme, siquiera, explorar una vez la topografía de sus labios; ¡oh, cruel recuerdo!

Desde que pude comprar un modesto equipo de sonido pasé muchas tardes encerrado en mi cuarto, acostado en el piso fresco, escuchando la música que, alguna, todavía sigo. A veces leía mientras las canciones sonaban, pero casi siempre dejaba volar la imaginación. Allí, en ese mundo era casi infalible: las chicas más hermosas del pueblo no se me escapaban. También empezaban a anidarse proyectos e ilusiones; o insistía en la búsqueda de respuestas que remolcaran otras preguntas.

Confieso con esto que mi forma de ser ha cambiado poco en lo sustancial; que, con frecuencia, escapo del mundo social y prefiero encerrarme en mí mismo, bajar las cortinas, asilarme entre la música y recordar algunas veces lo vivido, otras lo que deseo y, obsesivo, velando armas para la nueva batalla.

Soy feliz conmigo, o lo más próximo. Necesito poco, y lo poco que deseo lo deseo poco, recitaba Facundo Cabral recordando a Francisco de Asís. Así, más o menos, se podría resumir lo que hilo.

Con los años y la madurez ocupo mi habitación interior por necesidad, más que por costumbre. Es indispensable el coloquio íntimo, la auto crítica, a veces, casi, la flagelación. Y luego vuelta a la realidad, con sonrisa tibia.

Una joven neo amiga me espetó un día, sin respeto alguno, que me estaba volviendo viejo. Y no le falta razón, aunque el hecho no sea exclusivo. Es probable que no me percate de otros síntomas emocionales de esa vejez, pero con los años voy necesitando muy poquito para vivir contento. La lista es larga y ejemplifico las pequeñas cosas que necesito: la sonrisa de mi hijo, su mirada emocionada cuando le digo “te amo”; un abrazo de mi hija al despertar; una caminata matutina para respirar aire de la calle y sentir el piso de la realidad; una tarde de lectura acostado en el balcón de casa mientras contemplo el cielo y las hojas de los árboles.

Por esa forma de ser a veces tenía pudores. Pero un día leí a algún filósofo de esos que le conceden mucha autoridad a nuestras ideas. Y después de leerlo concluí lacónico: ¡exacto! Habría dicho, más o menos, lo siguiente: entre más vacío tienes el interior, más dinero necesitas para vacacionar, o para pasar el fin de semana. ¿Me explico?

No están repletos mis baúles interiores. Me faltan algunos artículos de primera necesidad, pero sí lo suficientemente llenos para pasar tranquilo una mañana de domingo en casa barriendo la pequeña biblioteca y ordenando los libros, mientras, atrás de mí, Joan Manuel Serrat cuenta su conversación con la noche y con el viento.

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