COLIMA Clima
Juan Carlos Yáñez

El primer día de clases

El martes volveremos a las actividades escolares maestros y estudiantes de la Universidad de Colima y otros subsistemas. El primer día como maestro es trascendente, sobre todo, cuando enfrentas un grupo estudiantil nuevo. No sé si puede calificarse como el más, pero es un día para el que uno debe prepararse mejor que siempre.

Ignoro si los maestros somos conscientes de ello y vamos como a cualquier día, pero en estas semanas, en que tuve oportunidad de hablar ante profesores de varias instituciones educativas, enfaticé la necesidad de llegar preparados como a un examen duro, con la mejor actitud, mensaje asertivo y oídos alertas.

La docencia es una profesión de alta demanda física y emocional, que exige no solo disposición cognitiva, también corporal, porque estar en pie varias horas, moverse en el aula, caminar entre las filas cobra factura, por lo menos, mientras se coge el ritmo habitual.

En su investigación sobre los profesores más extraordinarios en Estados Unidos, Kein Bain encontró un conjunto de prácticas que los caracterizan. El primer día también es clave: no llegan al salón con la cara más arisca o las amenazas habituales entre aquellos que suponen que la rigurosidad de su curso se mide por la expresión facial, el tono imperativo de voz, las advertencias sobre lo que sucederá al que falte o llegue tarde, no lea, se mueva, incumpla tareas o se equivoque.

El primer día esos profesores extraordinarios se proponen seducir a los estudiantes de por qué vale la pena la materia, presentan el curso de manera clara, informan el tipo de preguntas que podrán resolverse durante el ciclo escolar y qué aprenderán. Sí aluden al marco de orden, por supuesto, pero no va por delante ni intimida.

Cada ciclo escolar es una nueva oportunidad. Y cada primera clase es la llave que puede abrir la puerta hacia una relación pedagógica positiva, constructiva. Si las cosas no van bien el primer día, es posible revertirlo, por supuesto, pero puede costar tiempo y malos tragos.

Siempre recuerdo que en una de las primeras clases de mis cursos iniciales me tiré el café sobre el pantalón, por el nerviosismo, entonces desmedido, que sigo padeciendo cuando llego al aula. Pero va más allá de la anécdota personal, y trato de no olvidarla para recordarme que es allí donde colocas el cimiento para el edificio que cada estudiante hará con sus aprendizajes.

¡Que nos vaya bien a todos mañana!

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