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Juan Carlos Yáñez

Examen al Sistema Educativo Nacional

La suspensión de clases durante un mes, incluidas las dos semanas programadas por Santa y Pascua, podrían ser tiempo crucial para contener la propagación del coronavirus. A las vacaciones del periodo se sumarán diez días que luego, declaró el secretario de Educación, buscarán recuperarse.

El aprovechamiento escolar y los programas de estudio son secundarios frente a la prioridad máxima: la salud de niños y maestros, con sus familias, y toda la ciudadanía, por supuesto. Pero podría ser un examen durísimo al sistema educativo nacional en la materia de inclusión de las tecnologías en los procesos de enseñanza y aprendizaje.

Es verdad que la historia de la incorporación de las tecnologías a la escuela no ha sido precisamente exitosa, y que el país hizo inversiones cuantiosas, más o menos derrochadas, peor o mejor invertidas, pero no podríamos decir que los profesores, por ejemplo, son neófitos o ignorantes, no en el caso de Colima, aunque el riesgo de las generalizaciones es alto en un país tan grande y heterogéneo.

Los distintos programas del gobierno federal (Enciclomedia, Habilidades Digitales para Todos, computadoras personales y tabletas para cada estudiante, entre otros) han sembrado de equipos, de proyectos e ideas en las escuelas; también han provocado desaliento, frustración, enojo. Han sido ejemplo de buenas intenciones y malos resultados. ¿Pero, qué dejaron como aprendizajes en escuelas y maestros? Me parece una pregunta pertinente.  

Es buen momento para que la Secretaría de Educación Pública desarrolle un programa que monitoree qué aprendieron los maestros durante las décadas pasadas, qué utilidad tienen los cursos, talleres, certificaciones, los equipos donados; y cómo y en dónde los alumnos podrán seguir estudiando con sus maestros a través de las plataformas conocidas.

El balance global tendrá claroscuros. México no construyó un sistema educativo aprovechando las ventajas de la virtualidad, la enorme expansión de los teléfonos celulares y la televisión de paga, o la propia estructura comunicacional del Estado (radio, televisión) para que, por esas vías, exista una propuesta pedagógica interesante, dinámica y potente. Un canal educativo con programación abierta, por ejemplo, para chicos de preescolar y primaria, para los maestros, que podrían aprender en programas inteligentes y bien producidos, con los técnicos y creativos mexicanos que suelen ser de lo mejor en el mundo.

El peor uso de los exámenes es solo para calificar estudiantes. Pero hoy, creo que este examen de cuánto avanzó el país en materia de uso de la tecnología educativa podría convertirse en un punto y aparte para construir con sentido. Por supuesto, la tecnología nunca funcionará en la escuela sin pedagogía.

Es buen momento, creo, para darle una dimensión inédita a la escuela mexicana, nueva y vieja, una que de verdad nos suba al avión del siglo XXI. Una que recoja aprendizajes, diagnostiqué y diseñe los proyectos para posibilitarlo.

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