#Culturalia: El río Armería

Culturalia por Noé Guerra (@noe_guerra_)

El afluente del río Armería remoto en sus referencias es de un origen casi tan antiguo como el de la formación de la tierra. Ese antes caudal de agua limpia y cristalina que dando vida de vez en vez corría devastando tierras y perforando el océano con su fuerza desatada en una corriente de avenida incontenible. Ese antes conocido escurrimiento natural como el río grande por sus crecidas y, más atrás, por nuestros ancestros, como el Nagualapa o río Embrujado, es el mismo que tiene su nacimiento en la cuenca del río Ayuquila en la sierra de Coacoma de la jurisdicción de El Grullo en Jalisco y que al paso se ve nutrido con otros brazos que con fuerza natural bajan de Nayarít confluyendo con otros de Michoacán desde allá a unos mil 800 metros sobre el nivel del mar, para hacer un viaje serpenteado cuesta abajo para entrar al territorio del Estado de Colima formando un brazo, el izquierdo, que a la altura del codo dobla a la derecha y en la muñeca o canilla tuerce la mano (Colly-Man=Colima: Lugar donde tuerce o hace recodo el agua o el río –Terríquez Sámano, Ernesto. Historia de un equívoco. CNCA-SC. 2015.-) para continuar en su feraz corriente hasta su desembocadura, distante a poco más de 240 kilómetros desde su cabecera, en lo que conocemos como “Boca del río”, punto en el que en tiempo de lluvias parte literalmente la costa del Pacífico, antes Mar del sur, entre Tecomán y Armería.

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Este gran río referido con sus peligros y bellos escenarios naturales conformados por sus meandros y playas por los inmortales errantes científicos exploradores que en el siglo de las luces hicieron paso por estos rumbos como Alexander Von Humboldt, Eduard Harkort, Alfredo Chavero, Eugéne Duflot de Mofras, Matías De Fossey, Juan de Xántus, Albert S. Evans, Davis Kingsley, Meriwether Lewis y Manuel Rivera Cambas, entre otros que del nuevo y del llamado viejo mundo vinieron, vieron, hablaron y con asombro escribieron sobre esa dual gran belleza y obstáculo natural, que para adentrarse junto con su equipo explorador tuvieron que salvar aniquilando sus temores a cada metro en cada pisada y con los cinco sentidos a plenitud en aquel recóndito México del siglo antepasado en el que se significaba el entonces imponente y bravo cauce del río grande que era el Armería.

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Cabe apuntar que en el territorio estatal usamos esta agua mediante represas derivadoras y canales para la agricultura en un 95%, 1.5% en lo doméstico y la ganadería, el 0.5% en la industria, el 1.0% en la acuicultura y el 0.5% en la floricultura, entre otros. No obstante que el agua de éste, nuestro antes gran río Armería, por su turbiedad, temperatura y grandes contenidos minerales, sin contar con el alto grado de contaminación fecal que registra y que arrastra a lo largo de su gran cauce, ya no es apta ni adecuada para esos usos, según concluyen los especialistas.

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Increíble recordar no sin nostalgia que hará poco más de tres décadas, alrededor de los años ochentas del siglo pasado en sus limpias -o menos sucias-, pero sí abundantes y transparentes aguas, la muchachada de aquel entonces nos podíamos echar saltos y clavados desde las peñas entre empujones, jalones y risas o sacábamos Güavinas con arpón entre las enromes piedras salientes y abrazados a ellas, a mano, podíamos sacar chacales, haciendo en familia fines de semana francamente inolvidables, fuera asando la carne en algunas de sus riberas o en la base de las pilastras del puente del tren, mientras se cocían los frijoles y los mayores jugaban al fut o voli en sus playones a la vez que los más pequeños apedreaban garcillas o seguían iguanas y lagartijas en las barranquillas. Es una pena y para la añoranza pero tristemente debemos reconocer toda esa vida casi nos la hemos acabado y las nuevas generaciones ya no la disfrutarán como nosotros, no obstante algo tenemos que hacer entre todos y cada uno.

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