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El diario de un anciano

El día de hoy, antes de ir por un bolillo a la tienda de Don Rulo, me ajusté con más fuerza las agujetas. Él vende unos frijoles riquísimos, que me han sacado de apuros cuando mi cartera se encuentra vacía.

A mis casi ochenta años, me es difícil desplazar por las calles que nos han prometido reparar por tantos años, y tantas administraciones, pero éstas siguen igual, llenas de tierra suelta, quebradas por las raíces de los árboles, que han crecido sin control alguno.

Otra de las dificultades que tengo, es que, la acera está muy alta, y no puedo elevar mucho los pies, lo que me obliga a caminar por el picudo empedrado, lastimando mis rodillas que se encuentran cansadas, pues los años no pasan de en balde y el tiempo hace mella.

Todavía tengo presente el día en el que enormes máquinas amarillas llegaron al jardín de la colonia. Era un jueves por la tarde. Al día siguiente, comenzaron a trabajar muy enérgicamente. Todos nos sorprendimos mucho, estábamos codo a codo, reunidos, viendo cómo tumbaban el montagal que había estado por mucho tiempo sin que nadie hiciera nada al respecto. Desbarataron una roca que impedía a los jóvenes jugar su cascarita de futbol vespertina.

Realmente nos sorprendimos con la magnífica intervención que se estaba haciendo por parte de nuestros representantes populares de ese momento. Pero creo que nuestra hipótesis no fue acertada, pues no había sido una gestión hecha por la administración en turno, sino de la que estaba por llegar.

Una vez que el jardín quedó espectacular, se comenzaron a ensamblar las tarimas, los tablones y las sillas. A lo lejos venía una camioneta con la olla del pozole y el agua fresca, –que casi siempre es de arroz-. Todos nos fuimos sentando con forme íbamos llegando. Nos dieron camisas, cachuchas, nos apuntaron en una lista. Muchos jóvenes estaban alrededor bailando la canción que el candidato traía para su campaña, hacían coro y traían una serie de paso ensayados. Finalmente, llegó el payaso, y también, el candidato. Ambos estaban listos para entretener e informar a la multitud que se encontraba motivada con esas bocinotas, y esos jóvenes súper animados y bailadores.

Ha pasado ya, mucho tiempo desde ese día, en el que nuestro jardín recibió aquella intervención embellecedora. El montagal volvió a crecer y los jóvenes dejaron de jugar fútbol.

Los vecinos, en ocasiones platicamos de ese evento. Pero, no recordamos de que partido eran, ni cómo se llamaban. Muchos no sabemos si ganaron o perdieron, pues jamás volvimos a estrechar la mano de aquel candidato en este par de años que han transcurrido. Durante los meses previos a la elección, venían muchos candidatos caminando, tocaban puerta por puerta en busca de la simpatía de la gente. Muchas veces pasaron por esa banqueta que yo esquivo todos los días para no caerme. Pero, la banqueta sigue igual, toda chueca, fea y resbalosa –quizá no la vieron-. Es por eso, que hoy me ajusté los cabetes más de lo acostumbrado, ya que en edades avanzadas es muy peligroso caerse y quebrarse la cadera –es hasta mortal-. Por las noches, tampoco puedo salir, ya que las lámparas que iluminan las calles que dan a la tienda de Don Rulo, tienen dos años sin servir, y no se ve mucho con estos ojos desgastados que tengo.

Recientemente, han llegado a mi colonia apoyos de fruta y verdura, no sé quién los ha traído, o de dónde vienen. Parase que algunos son nuestros representantes populares en turno, pero no me importa mucho, que no veo en qué o cómo me estén representando a mí o a mi colonia.

El otro día, estreché la mano de uno, me presenté y le dije algunas de las situaciones difíciles por las que estoy pasando, el me habló de una casa de gestión que había, pero estaba muy retirada de donde yo vivo, y sólo puedo ir a pie. Quise exponerle mi situación, pero tenía que irse a otra colonia, por lo que cerró su entrega con un mensaje alentador y de esperanzan, el cual se me olvidó al llegar a la casa, pues ese día me cortaron la luz, y me puse a llorar. Estaba con miedo, no sabía a quién pedirle ayuda, pues a esta edad es muy difícil que lo tomen a un en cuenta. Mi único hijo se fue a vivir al otro lado, y yo me quedé viudo y desempleado, pues mi trabajo era en el campo. Hoy no puedo continuar con ese bello oficio, y mi patrón quizá ya no se acuerde de mí. Además, ya no podría ir a buscarlo, pues trabajé cerca de la costa, en un municipio que cada día está más deteriorado. Lo único bello de aquel lugar eran sus palmeras paradisiacas. También allá se engañó a mucha gente, pues no parece un lugar adecuado para vivir, ya que la pobreza está a la vista, el tacto y el olfato de todos. Por las noches, huele mucho a estopa de coco quemada, dicen que es para ahuyentar los mosquitos, que son muy picadores por aquellos rumbos.

Ser una persona de edad avanzada es a veces muy complicado, cuando los que están a cargo de nuestro desarrollo y bienestar, se la pasan peleando en aquella oficinota de veinticinco sillas, en las que se sientan dieciséis representantes electos por nosotros, y los otros nueve, quien sabe cómo llegaron –nunca me han explicado, pero sí sé que les pagan mucho, algo así como 40 mil pesos al mes-. Yo obtengo de mi venta de botes y cartón alrededor de 200 pesos semanales, los cuales contrastan bastante con los honorarios de ellos, pero es mi contexto, y nadie lo ha podido mejorar, a pesar de existir tantos organizamos autónomos e independientes.

El pasado 15 de junio se celebró el día mundial de la toma de conciencia del abuso y el maltrato a la vejez, este día fue asignado por la asamblea general de las naciones unidas en su resolución 66/127. Lo cual invita a que nosotros, nuestros representantes populares, los organizamos gubernamentales y autónomos, además del discurso y la difusión en temas relacionados a la promoción de una vejez digna y plena, se traduzca en acciones concretas, y no quede en una tarjeta informativa únicamente. Todos podríamos llegar a vivir esta bella etapa de la vejez, y todos los esfuerzos que se hagan el día de hoy, preparan un mejor contexto para nosotros mismo cuando superemos la barrera de los 60 años.

Consejero de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Colima.

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