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¿Qué viene? / Pesadumbre

Estoy triste. 

Regularmente cuando hay fenómenos o circunstancias que me llegan a agobiar o a angustiar, ya tengo algunos años en  que, después de varias respiraciones profundas, acompasadas y conscientes, recupero la calma y me repito “vámonos para adelante”. Pero hoy la pesadumbre me quita el sueño.

Nuestra querida comunidad está azotada por la violencia de una forma anómala, hiperbólica. Las presiones nacionales e internacionales tienen la economía local contra las cuerdas y al borde de un desmoronamiento crítico. La confianza en las autoridades recién electas se desinfla cada día a la velocidad de una descarga de retrete. Y agregado a lo anterior, mi pesar se corona con el letargo en el que nos estamos acostumbrando a vivir.

Quienes están encargados de darle dirección al estado viven totalmente convencidos de que nada pueden hacer, pues dicen que el pasado los alcanza día a día y no hay remedio para ello. Viven su propio síndrome de Estocolmo, donde sus secuestradores, esos constructores de la historia anterior reciente, los tienen cómodamente abrazados permitiendo la justificación presta a la no solución de los problemas. Cambiar esta forma de ver el mundo no podrá venir de ellos mismos.

¿Y entonces qué hacer? Pues yo creía que el camino construido por la sociedad civil, principalmente la organizada, era un espacio de tránsito libre, acostumbrado y de propuesta. Pero hoy lo que veo es otro callejón abandonado, sucio, sin iluminación. Increíble me resulta observar como cámaras y asociaciones empresariales, sociales, sindicales, partidos políticos, etcétera, permanecen es un estado de letargo. Algunos brincos y sombrerazos aislados, nada que le pueda llegar a preocupar a la autoridad.

En otros tiempos y circunstancias, las marchas y manifestaciones públicas y masivas se hacían sentir, se notaban. 

Era exigencia común el reunirse con la intención de buscar, encontrar y aplicar estrategias y soluciones en conjunto. Y no que fuera cómodo o sencillo, pero la presión social se ejercía y se tomaba en cuenta. Hoy, ni nos ven, ni nos oyen; porque ni nos mostramos, ni gritamos. ¡Qué PESADUMBRE!

MICROCUENTO

Sensación de vacío. Apetito desbordado. Medir la consecuencia solo está sirviendo para acrecentar la gana. Pero no se si me alcance y preguntar solo va a exponer aún más mi desesperación. Mejor lo hurto. Total, hasta donde sé, a nadie han condenado por robar un beso.

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